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Revelaciones de la pandemia

  • La pandemia de este 2020 ha sacado a la luz las deficiencias que marcan el día a día de nuestra “perfecta” sociedad.

Esta situación tan dura que vivimos, pone en el punto de mira de la ciudadanía las grandes carencias que padecemos por parte de las administraciones públicas. Lo que más ha llamado la atención y ha quedado tristemente en evidencia, es la nefasta gestión que se hace de los recursos en el sistema sanitario, no solo de los materiales sino también de los personales. Hospitales con instalaciones anticuadas, sin los aparatos ni medios materiales básicos; con personal que desarrolla su trabajo en unas condiciones laborales pésimas, encadenando contratos precarios, con más vocación y buen hacer, que recursos disponibles, dispuestos a sacrificar su propio bienestar, su familia y su salud para atender a las personas que lo necesitan. Centros de atención primaria que están colapsados, médicos especialistas que tienen consultas saturadas, listas de espera larguísimas para operaciones esenciales, urgencias llenas atendidas por profesionales estresados, ambulancias que no dan abasto… y un largo y triste etc.

Al igual ocurre en otro ámbito importante, como son las residencias, donde nuestros mayores han permanecido encerrados, aislados, solos, sintiéndose presos de las circunstancias, acompañados tan sólo por profesionales que incluso han llegado a encerrarse con ellos para protegerlos y proteger a sus familias. Pero donde han emergido a la luz, las necesidades derivadas de una mala gestión, poniendo de relieve en algunos casos la precaria situación en la que se encontraban los residentes. 

Policías, protección civil, bomberos, militares, abogados de oficio, farmacéuticos, y otros profesionales que han estado al pie del cañón, trabajando para servir a la ciudadanía desde su condición de servicios esenciales, en unas condiciones, que en gran parte de las ocasiones resultaban penosas e incluso peligrosas, pero que han afrontado estoicamente, en un gesto de profesionalidad sin precedentes. 

Se consideran servicios esenciales, e incluso se podría decir que vitales en esta ocasión, y ¿ese es el trato que merecen? La respuesta es clara y sencilla: rotundamente no.

¿Qué merecen? ¿Un aplauso desde los balcones? ¿Sólo eso? La respuesta vuelve a ser la misma, rotundamente no.

Son profesionales que pese a darlo todo, no han recibido nada. No se han mejorado sus condiciones laborales, ni se les ha dotado de medios y equipamientos. Parece que olvidamos muy pronto por lo que hemos pasado todos estos meses. Pero ellos no lo pueden olvidar, puesto que siguen inmersos en sus labores cada día; y además reivindicando, nuevamente, la mejora en sus trabajos, aunque en esas reivindicaciones se han encontrado solos, porque el tiempo de los aplausos en los balcones y los reconocimientos, tristemente para la gran mayoría de la ciudadanía, ya ha pasado. Ahora cada uno a los suyo.

La Educación también se ha visto resentida, más aún de lo que ya lo estaba, pues si antes de todo esto faltaban profesores titulares, profesores de apoyo, recursos materiales y tecnológicos, con la pandemia ha quedado demostrado que la educación carece de un compromiso institucional por mejorarla en todos los sentidos, sin hablar de los medios para que en una situación como la vivida, nuestros pequeños puedan seguir avanzando en su formación.

La Justicia, la hermana fea y pobre de la administración, también ha pasado apuros, porque ya estaba olvidada antes de la pandemia, y como consecuencia de la falta de personal, las instalaciones y medios antiguos o desfasados, provocan aún más retrasos y soluciones a los problemas de la ciudadanía. Así se han producido situaciones en las que es lamentable que personas en situación desfavorecida, con problemas, se encuentren desolados y desamparados, sin que sean ayudados por las instituciones públicas, en el momento que más lo necesitan.

La Administración, en general, no estaba organizada para atender a la ciudadanía en sus quehaceres habituales. Se han intentado poner remedios a prisa y corriendo, parches aquí y allá, pero la ciudadanía no estaba en esos momentos como para ponerse a aprender, a la carrera, la manera de relacionarse de forma telemática con la administración. Quizás, porque tenía otras preocupaciones más importantes, como era protegerse para mantenerse sanos y vivos, cada uno por su cuenta, ante el caos organizativo mostrado por la administración y sus dirigentes.

Es hora de reivindicar, pero todos juntos esta vez, que los servicios que se ofrecen a la ciudadanía sean los mejores que se puedan tener, siendo atendidos por profesionales bien considerados y remunerados, para que podamos hacer frente del mejor modo posible, a las situaciones adversas que puedan acaecer.

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