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Políticos, res parasitaria?

  • Ángel Quintana Fernández


La política es la posibilidad de hacer cosas para y por el bien de la comunidad, anteponiendo el interés general a los intereses personales o partidistas.

Nuestro sistema representativo permite elegir y ser elegido para un cargo público siempre y cuando tengamos la mayoría de edad. Esa es la grandeza de nuestro sistema representativo, la universalidad.

Antaño, el ser político era para muchos ciudadanos un honor temporal para demostrar a los compatriotas que trabajar por los demás, para mejorar la sociedad, hacer progresar a tu pueblo o ayudar a los más débiles del sistema, no solo era posible sino que muy necesario. 

Para Aristóteles el político debe ser bueno con grandeza, no pedir nada, pero prestar ayuda pronta, no hablará de sí mismo ni de otros, ya que no se preocupa de ser alabado ni censurado.

Estamos asistiendo a la degradación de la mal llamada clase política, la más digna de las dedicaciones se está convirtiendo en el más descarado de los oficios fáciles a consta de promesas, programas y compromisos demagógicos para tan solo copar el poder de una organización que, a menudo, se torna clientelar amparada por la vulgar perversión de las siglas de un partido político.

En los tiempo que corren, los llamados de izquierda, de centro o de derechas han desarrollado un arte difícil de cultivar pero muy prodigado entre los asesores, los llamados spins doctors

Se trata de La habilidad de pasar de perfil en los asuntos transcendentales y no quemarse ante la opinión pública. Es la estrategia de aguantar hasta que pase el chaparrón pero sin parecer la descarada avestruz que escondía la cabeza tras una televisión de plasma que puso de moda Mariano Rajoy. 

Un conglomerado de inacciones que van desde no tomar decisiones elevándolas o descendiéndolas a otras instancias político administrativas superiores e inferiores según corresponda, lo que vulgarmente hemos llamado “pasar la pelota” del Estado a las Comunidades, de éstas a las Diputaciones y de las Diputaciones a los Ayuntamientos, siempre y cuando lo permitan las competencias propias, claro.

Pedro Sánchez, en este sentido, asumió el llamado “mando único” a comienzos de la crisis de la Covid. Cuando comenzaba a oler a chamusquina política cambió de táctica y trajo a la palestra como sacada de la chistera la “cogobernanza” o, lo que es lo mismo, compartir con los gobiernos de las regiones la tendencia de parecer amortizado políticamente hablando. 

Un maremagnum de estrategias que se han visto avaladas por la complejidad de nuestra arquitectura  de Estado conformada por un conglomerado de instituciones y empresas públicas de dudosa utilidad pero que no deja de ser un nicho de empleo, público, cada vez menos eficiente por la falta de renovación generacional impuesta por los recortes de otras legislaturas. Unos hachazos en el gasto público que han convertido a la administración de nuestro país en una maquinaria colosal y obsoleta,  a menudo sin la inmediatez y calidad en el servicio que requiere nuestra época.

Sin embargo en el seno del aparato al que nos hemos referido con anterioridad, un nutrido grupo de héroes funcionarios intentan con más voluntad que recursos que la ciudadanía vea cubierta sus necesidades esenciales derivadas de los derechos constitucionales y que se cristaliza a través de los servicios públicos.

El político profesional se escuda en los informes para tomar decisiones impopulares que conllevan coste político no dudando en señalar al técnico como causante directo de la medida adoptada y, por el contrario, aprovecha el mínimo resquicio para apoderarse de la medalla correspondiente si dicho técnico acierta en procesos que faciliten la vida al ciudadano.

Por ejemplo, en la pandemia que vivimos, hemos visto a presidentes autonómicos como Moreno Bonilla apuntar a el “Comité de Expertos” cuando se implementaron las restricciones más severas y a su segundo, Elías Bendodo, apuntarse el tanto de que el Gobierno Andaluz (esta vez sin ayuda aparente de expertos) ha doblegado la tercera ola.

Un doble lenguaje peligroso que criminaliza al servidor público en ocasiones y que menoscaba su reputación con el único objetivo, de nuevo, de no manchar la imagen del político de turno.

A nivel local este tipo de estratagemas se tornan más cercanas y descaradas. 

En el caso de El Puerto, la falta de unas directrices políticas claras para la ciudad y la ausencia de unos presupuestos municipales que constituye lo mínimo que se necesita para gobernar una urbe del porte de ésta, hace que el Equipo de Gobierno se aferre a procesos administrativos “normalizados” como la concesión de licencia de obras a particulares, mesas de contrataciones de servicios básicos o actuaciones a las que las contratas del Ayuntamiento están obligadas como el repintado de pasos de peatones, poda de palmeras o limpieza de playas para sacar pecho de gestión cuando la gestión es sobrevenida por el propio devenir administrativo de la institución.

Siento cierta vergüenza ajena ante la foto vacía pero llena de aspirantes y aficionados a la carrera política cuyo mensaje se queda en la retina del ciudadano: mírame, solo sé que no hago nada pero me pongo al lado del operario municipal que hace su trabajo con más pena que gloria por sus carestías que no sé o no me interesa enmendar y me cede, altruistamente, su medalla al mérito cotidiano.

La situación me recuerda a cuando éramos niños y jugábamos al fútbol. Siempre había uno que no se esforzaba. Solo espera el balón al borde del área mientras el resto de jugadores hace todo el trabajo. Al final mete el gol y el público lo ve como un simple oportunista, un pobre parásito.

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