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Afrontando la pandemia en femenino I

  • Inmaculada Alcántara y Colón.


«Tras este año de pandemia que hemos pasado, y en este mes que se conmemora el Día Internacional de la Mujer, cabe hacer una reflexión sobre cómo, una vez más, la situación afecta de manera muy diferente a mujeres y hombres, y cómo la carga de cuidados, la carga psicoemocional y el sacrificio ha recaído en exclusiva sobre las mujeres. La COVID-19 ha aumentado la carga de trabajo de las mujeres, una triple carga emocional que afecta en su salud y bienestar, en sus usos del tiempo y en sus autocuidados. La pandemia ha contribuido a perpetuar determinados roles, algunos de ellos muy visibles, asignados por la sociedad a la mujer, quien de nuevo los ha asumido, porque continúan arraigados en nuestra memoria colectiva, y que afectan a su desarrollo y/o proyecto profesiona.
En ejemplo de ellos es la continuidad del rol de cuidadora, que además es aún más tradicional en el mundo rural que en la ciudad, el cual obliga en estos momentos a muchas mujeres a compatibilizar su proyecto empresarial /profesional, con el cuidado de casa, niños y mayores, más de lo que habitualmente ya lo hacía. Pone de relieve acciones que estaban muy invisibilizadas, como la educación y formación de los niños, que con clases telemáticas debido al cierre de las escuelas, provoca multiplicar el esfuerzo y dedicación a ellos.
Muchas mujeres han trabajado más horas, si bien esa carga de cuidados y del hogar ha hecho que vuelvan a casa o teletrabajen, tratando de conciliar las responsabilidades domésticas con el trabajo productivo. Sigue recayendo en ellas todos los cuidados, siendo las mujeres quienes asumen una doble función: por un lado, se ocupan de suplir los servicios necesarios en casa, asimilando un rol de género tradicional como cuidadoras; y por otro, han trabajado en sus negocios/ pequeñas empresas o en sus puestos de trabajo.
Las actuales circunstancias han relegado a la mujer al hogar y labores de cuidados, en un destierro que va a costar vencer, a lo que también ha contribuido la falta de oportunidades laborales y la precariedad de éste, que aún se acentúa más en el caso de la mujer. Al tiempo que con el cierre del ocio y otras actividades, ha visto disminuida su actividad social, pues los encuentros sociales no se están realizando, y el escaso tiempo que permanece fuera del hogar, aumentan así su aislamiento social y su falta de referentes o personas motivantes.
En las zonas rurales el envejecimiento de la población y la falta de servicios de cuidados a dependientes, tanto en el hogar como en instituciones, agrava esta problemática. El estrés sufrido por la mujer rural a consecuencia de la pandemia por la COVID-19, ha dado lugar a una diferencia de género, la carga adicional que ha supuesto el coronavirus ha recaído más en las mujeres que en los hombres.
En las localidades o Comunidades donde se han establecido mayores restricciones horarias, la disponibilidad horaria de la mujer se ve más afectada por esos cuidados, y esto contribuye a que, aunque la mujer tenga tiempo para determinadas gestiones, no consiga compatibilizarlo con los horarios de apertura de los establecimientos.
Otro ejemplo es el rol de trabajadora precaria, que igualmente se perpetúa. Los trabajos precarios encabezados por mujeres (limpieza, cuidados, atención al cliente…), han sido los más perjudicados y los más expuestos al virus. Algo que además, al estar imbricado con el rol de cuidadora, incrementa los temores y la preocupación de la mujer, influyendo intensamente en su deterioro emocional que le pasa una costosa factura, puesto que convive con sus familiares, y le supera el miedo al contagio y ser la causante de llevar el virus a su hogar.
Las desigualdades sociales han contribuido a la precariedad laboral que, junto a la pandemia, el miedo e incertidumbre que ésta puede provocar, limitan el desarrollo profesional y el emprendimiento de la mujer. Emprendimiento que podría sacar de esa precariedad a la mujer y que ha quedado paralizado e incluso descartado, por la imposibilidad de dedicar el tiempo que ahora reclaman hijos y familia.
En estas circunstancias, encontramos por un lado a mujeres con perfil de empresaria o emprendedora que no van a arriesgarse a emprender y optan por quedarse en trabajos precarios o en el hogar, se van a olvidar de su aprendizaje e incluso de su idea de negocio ante la incertidumbre e inestabilidad del mercado, y no van a pensar en su bienestar ni en lo que han querido realizar. Pero, por otro lado, como sucedió en la anterior crisis económica, nos encontraremos mujeres que ante la necesidad de ingresos económicos y de sus cargas familiares, se lanzarán a emprender desde la necesidad, sin meditar bien su idea, sus conocimientos y los del mercado, asumiendo los riesgos que ello conlleva.
En la pandemia como en otras circunstancias de la vida, la repercusión de esta en la mujer es diferente a la del hombre, una muestra más de la desigualdad que resiste en nuestra sociedad».

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